La isla de los muertos | Producciones digitales ARTE

Al fondo las islas,
altas, coronadas de árboles oscuros, siniestros,
sobre acantilados punzantes.
Momentos atrás, paradisíacos estos,
las nubes más compasivas ocultaban de tanto en tanto
la abrupta grieta en el horizonte que abría la señal del final del viaje.
Los segundos se escurrían más rápido de lo normal después de haberlas divisado,
con la mirada clavada en la niebla madre,
antes de que su majestuosidad inexorable
se presentara de nuevo, era el final...
 

Me apesadumbra la nitidez de la lontananza,
la sencillez de pasar de un lado a otro.
Al verlas todos quedamos heridos,
enfermamos de ese vértigo revelador,
algunos vomitaron como si por primera vez hubieran subido a un barco.
Entendimos de un momento a otro la liquidez del agua.
Nada supo igual un rato después, ni el vino, ni el tabaco, ni el café,
ni las palabras volvieron a escucharse igual tampoco.
Solamente luz emergía de cruzar nuestras miradas llenas de inocencia, de desconcierto,
y al tratar de ocultarla,
más nos dolía en el pecho el miedo.
 

El afán de fijar nuestra atención en cualquier cosa
revelaba las imperfecciones de todo:
los bordes de las mesas, una línea de polvo sin limpiar, las arrugas de las manos, un rayón en la baranda.
Las obsesiones florecían en las miradas perdidas de cada uno: las cuentas iban y venían, proyectos y miles de proyectos, inicios, nudos y desenlaces, vidas enteras... 

Negando el horizonte.
 

En mis bolsillos:
una foto a blanco y negro de la abuela cuando joven, un monedero de cuero, las perlas del collar que usaba mi madre, un amuleto de madera y un reloj de cuerda de mi padre... no encuentro nada...
Lo que quisiera llevar... una isla para cada uno...Ya nada me queda más que una violeta con su cabeza encorvada, morada y cenicienta, como cada recuerdo que se duerme, como el alma recogida en si misma en la brisa del mar, tratando de soportar el último ataqué de la sal...

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